¡¡Impresionante y terrible!! ¡¡Una mujer administra la Comunión de banco en banco!!
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Sábado 15 de agosto. Misa de 19h. Iglesia de San Juan Bautista de los padres franciscanos de Zarauz. Llegado el momento de las preces, el sacerdote pide por la igualdad de la mujer en la sociedad y en especial por el reconocimiento y su papel en la Iglesia. Al oír eso, uno de los asistentes piensa en grabar la ceremonia por posibles sacrilegios y escándalos que pudiesen producirse. En el momento de la comunión, el sacerdote, en vez de administrar él el Sacramento de la Eucaristía, como corresponde a su estado, llama a unas mujeres y les da el copón con las Sagradas Formas. La mujer se dirige a los bancos y da la comunión acercándose a los bancos y a todo el mundo en la mano mientras el sacerdote permanece cantando.
Un ejemplo más de la normalización del sacrilegio que nos ha traído la primavera posconciliar. El caso concreto, no por ser una práctica común en innumerables parroquias, reviste de una especial gravedad por los siguientes motivos:
1.- Un laico realizando las funciones del sacerdote, es decir, administrando el Sacramento de la Eucaristía. Citamos la explicación de santo Tomás de Aquino, sobre por qué la administración del Cuerpo de Cristo corresponde únicamente al sacerdote, por tres razones:
«Primera, porque él consagra en la persona de Cristo. Pero como Cristo consagró Su Cuerpo en la (Última) Cena, así también Él lo dio a otros para ser compartido con ellos. En consecuencia, como la consagración del Cuerpo de Cristo corresponde al sacerdote, igualmente su distribución corresponde a él.
Segunda, porque el sacerdote es el intermediario designado entre Dios y el pueblo, por lo tanto, corresponde a él ofrecer los dones del pueblo a Dios. Así, corresponde a él distribuir al pueblo los dones consagrados.
Tercera, porque por reverencia a este Sacramento, nada lo toca sino lo que está consagrado, ya que el corporal y el cáliz están consagrados, e igualmente las manos del sacerdote para tocar este Sacramento. Por lo tanto, no es lícito para nadie más tocarlo, excepto por necesidad, por ejemplo, si hubiera caído en tierra o también el algún otro caso de urgencia» (Summa, III, Q. 82, Art. 13).
2.- Una mujer realizando las funciones reservadas a los hombres ordenados. Una práctica común, dentro de la corriente de «clericalización» de la mujer, un ariete más para la destrucción y negación del sacerdocio, reservado a los hombres durante toda la historia de la Iglesia por institución divina (como lo recordó Juan Pablo II en Ordinatio Sacerdotalis mediante una declaración que reviste las notas de infalibilidad). Traemos a colación una cita de finales del siglo V, en la que el papa Gelasio I reiteró la tradición apostólica de no admitir a las mujeres en el servicio litúrgico del altar: «Con impaciencia, hemos oído que las cosas divinas han sufrido tal desprecio que las mujeres se animan a servir en los altares sagrados, y que todas las tareas encomendadas al servicio de los hombres son realizadas por un sexo para el que éstas no son apropiadas» (Mansi VIII, 44). Así mismo, en la Capitula Martini, una colección de cánones del siglo VI de origen griego y occidental, se recuerda de nuevo la misma tradición apostólica en estos términos: «A las mujeres no se les permite entrar en el santuario» (can. 42).
3.- Todo ello trasciende el caso particular y demuestra una vez más el objetivo de la reforma litúrgica: la negación de la Presencia Real y la destrucción de los Sacramentos; con ello, el fin de la vida de la gracia. Es decir, asumir por parte de los miembros de la Iglesia los principios protestantes que condenó durante más de 400 años. Así, en un documento histórico, el Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, los cardenales Ottaviani y Bacci, tras una sesuda descripción de la nueva misa, afirmaron: «el nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio».
Y a modo de testimonio y de la intención de Pablo VI, citamos las palabras del íntimo amigo del papa en una entrevista transmitida por la radio francesa el 19 de diciembre de 1993, en la que Guitton afirmó lo siguiente sobre la revolución litúrgica con la creación del Novus Ordo Missae y las razones de su creación, en el que su amigo, el papa Pablo VI le había confiado: «La intención de Pablo VI fue la de hacer que la Misa fuera lo más semejante posible al culto calvinista, haciendo que los protestantes se sintieran cómodos con la nueva Misa. Se diseñó con la intención de eliminar todo aquello que identificara a la Misa como inequívocamente católica, todo aquello que le otorgara un carácter de Sacrificio, todo aquello que dañara a los protestantes».
El caso de los franciscanos de Zarauz no es un caso aislado. Son 60 años de sacrilegios que ofenden a Nuestro Señor y de almas perdidas por el mal hacer de prelados, obispos y… papas. ¿No hay estado de necesidad?
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Sábado 15 de agosto. Misa de 19h. Iglesia de San Juan Bautista de los padres franciscanos de Zarauz. Llegado el momento de las preces, el sacerdote pide por la igualdad de la mujer en la sociedad y en especial por el reconocimiento y su papel en la Iglesia. Al oír eso, uno de los asistentes piensa en grabar la ceremonia por posibles sacrilegios y escándalos que pudiesen producirse. En el momento de la comunión, el sacerdote, en vez de administrar él el Sacramento de la Eucaristía, como corresponde a su estado, llama a unas mujeres y les da el copón con las Sagradas Formas. La mujer se dirige a los bancos y da la comunión acercándose a los bancos y a todo el mundo en la mano mientras el sacerdote permanece cantando.
Un ejemplo más de la normalización del sacrilegio que nos ha traído la primavera posconciliar. El caso concreto, no por ser una práctica común en innumerables parroquias, reviste de una especial gravedad por los siguientes motivos:
1.- Un laico realizando las funciones del sacerdote, es decir, administrando el Sacramento de la Eucaristía. Citamos la explicación de santo Tomás de Aquino, sobre por qué la administración del Cuerpo de Cristo corresponde únicamente al sacerdote, por tres razones:
«Primera, porque él consagra en la persona de Cristo. Pero como Cristo consagró Su Cuerpo en la (Última) Cena, así también Él lo dio a otros para ser compartido con ellos. En consecuencia, como la consagración del Cuerpo de Cristo corresponde al sacerdote, igualmente su distribución corresponde a él.
Segunda, porque el sacerdote es el intermediario designado entre Dios y el pueblo, por lo tanto, corresponde a él ofrecer los dones del pueblo a Dios. Así, corresponde a él distribuir al pueblo los dones consagrados.
Tercera, porque por reverencia a este Sacramento, nada lo toca sino lo que está consagrado, ya que el corporal y el cáliz están consagrados, e igualmente las manos del sacerdote para tocar este Sacramento. Por lo tanto, no es lícito para nadie más tocarlo, excepto por necesidad, por ejemplo, si hubiera caído en tierra o también el algún otro caso de urgencia» (Summa, III, Q. 82, Art. 13).
2.- Una mujer realizando las funciones reservadas a los hombres ordenados. Una práctica común, dentro de la corriente de «clericalización» de la mujer, un ariete más para la destrucción y negación del sacerdocio, reservado a los hombres durante toda la historia de la Iglesia por institución divina (como lo recordó Juan Pablo II en Ordinatio Sacerdotalis mediante una declaración que reviste las notas de infalibilidad). Traemos a colación una cita de finales del siglo V, en la que el papa Gelasio I reiteró la tradición apostólica de no admitir a las mujeres en el servicio litúrgico del altar: «Con impaciencia, hemos oído que las cosas divinas han sufrido tal desprecio que las mujeres se animan a servir en los altares sagrados, y que todas las tareas encomendadas al servicio de los hombres son realizadas por un sexo para el que éstas no son apropiadas» (Mansi VIII, 44). Así mismo, en la Capitula Martini, una colección de cánones del siglo VI de origen griego y occidental, se recuerda de nuevo la misma tradición apostólica en estos términos: «A las mujeres no se les permite entrar en el santuario» (can. 42).
3.- Todo ello trasciende el caso particular y demuestra una vez más el objetivo de la reforma litúrgica: la negación de la Presencia Real y la destrucción de los Sacramentos; con ello, el fin de la vida de la gracia. Es decir, asumir por parte de los miembros de la Iglesia los principios protestantes que condenó durante más de 400 años. Así, en un documento histórico, el Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, los cardenales Ottaviani y Bacci, tras una sesuda descripción de la nueva misa, afirmaron: «el nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio».
Y a modo de testimonio y de la intención de Pablo VI, citamos las palabras del íntimo amigo del papa en una entrevista transmitida por la radio francesa el 19 de diciembre de 1993, en la que Guitton afirmó lo siguiente sobre la revolución litúrgica con la creación del Novus Ordo Missae y las razones de su creación, en el que su amigo, el papa Pablo VI le había confiado: «La intención de Pablo VI fue la de hacer que la Misa fuera lo más semejante posible al culto calvinista, haciendo que los protestantes se sintieran cómodos con la nueva Misa. Se diseñó con la intención de eliminar todo aquello que identificara a la Misa como inequívocamente católica, todo aquello que le otorgara un carácter de Sacrificio, todo aquello que dañara a los protestantes».
El caso de los franciscanos de Zarauz no es un caso aislado. Son 60 años de sacrilegios que ofenden a Nuestro Señor y de almas perdidas por el mal hacer de prelados, obispos y… papas. ¿No hay estado de necesidad?
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Un ejemplo más de la normalización del sacrilegio que nos ha traído la primavera posconciliar. El caso concreto, no por ser una práctica común en innumerables parroquias, reviste de una especial gravedad por los siguientes motivos:
1.- Un laico realizando las funciones del sacerdote, es decir, administrando el Sacramento de la Eucaristía. Citamos la explicación de santo Tomás de Aquino, sobre por qué la administración del Cuerpo de Cristo corresponde únicamente al sacerdote, por tres razones:
«Primera, porque él consagra en la persona de Cristo. Pero como Cristo consagró Su Cuerpo en la (Última) Cena, así también Él lo dio a otros para ser compartido con ellos. En consecuencia, como la consagración del Cuerpo de Cristo corresponde al sacerdote, igualmente su distribución corresponde a él.
Segunda, porque el sacerdote es el intermediario designado entre Dios y el pueblo, por lo tanto, corresponde a él ofrecer los dones del pueblo a Dios. Así, corresponde a él distribuir al pueblo los dones consagrados.
Tercera, porque por reverencia a este Sacramento, nada lo toca sino lo que está consagrado, ya que el corporal y el cáliz están consagrados, e igualmente las manos del sacerdote para tocar este Sacramento. Por lo tanto, no es lícito para nadie más tocarlo, excepto por necesidad, por ejemplo, si hubiera caído en tierra o también el algún otro caso de urgencia» (Summa, III, Q. 82, Art. 13).
2.- Una mujer realizando las funciones reservadas a los hombres ordenados. Una práctica común, dentro de la corriente de «clericalización» de la mujer, un ariete más para la destrucción y negación del sacerdocio, reservado a los hombres durante toda la historia de la Iglesia por institución divina (como lo recordó Juan Pablo II en Ordinatio Sacerdotalis mediante una declaración que reviste las notas de infalibilidad). Traemos a colación una cita de finales del siglo V, en la que el papa Gelasio I reiteró la tradición apostólica de no admitir a las mujeres en el servicio litúrgico del altar: «Con impaciencia, hemos oído que las cosas divinas han sufrido tal desprecio que las mujeres se animan a servir en los altares sagrados, y que todas las tareas encomendadas al servicio de los hombres son realizadas por un sexo para el que éstas no son apropiadas» (Mansi VIII, 44). Así mismo, en la Capitula Martini, una colección de cánones del siglo VI de origen griego y occidental, se recuerda de nuevo la misma tradición apostólica en estos términos: «A las mujeres no se les permite entrar en el santuario» (can. 42).
3.- Todo ello trasciende el caso particular y demuestra una vez más el objetivo de la reforma litúrgica: la negación de la Presencia Real y la destrucción de los Sacramentos; con ello, el fin de la vida de la gracia. Es decir, asumir por parte de los miembros de la Iglesia los principios protestantes que condenó durante más de 400 años. Así, en un documento histórico, el Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, los cardenales Ottaviani y Bacci, tras una sesuda descripción de la nueva misa, afirmaron: «el nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio».
Y a modo de testimonio y de la intención de Pablo VI, citamos las palabras del íntimo amigo del papa en una entrevista transmitida por la radio francesa el 19 de diciembre de 1993, en la que Guitton afirmó lo siguiente sobre la revolución litúrgica con la creación del Novus Ordo Missae y las razones de su creación, en el que su amigo, el papa Pablo VI le había confiado: «La intención de Pablo VI fue la de hacer que la Misa fuera lo más semejante posible al culto calvinista, haciendo que los protestantes se sintieran cómodos con la nueva Misa. Se diseñó con la intención de eliminar todo aquello que identificara a la Misa como inequívocamente católica, todo aquello que le otorgara un carácter de Sacrificio, todo aquello que dañara a los protestantes».
El caso de los franciscanos de Zarauz no es un caso aislado. Son 60 años de sacrilegios que ofenden a Nuestro Señor y de almas perdidas por el mal hacer de prelados, obispos y… papas. ¿No hay estado de necesidad?
Eso pasa en mi pueblo, que yo sepa desde hace dos años, en Castilla.
El cura tiene curentamil parroquias y no da a basto, misa en los pueblitos una vez cada dos meses.
En la romería en que se celebra al santo patrón del pueblo, en dia laborable, el cura tiene noseque compromisos y estos últimos años a oficia una mujer.
…Al menos echo una mirada muy asesina y larga a un imbécil que estaba en los bancos laterales de alante, en pleno oficio saco el móvil en momento en que estábamos depie
A parte para la lectura de los evangelios escogió un texto que si lo oyen los rojos la cuelgan a salir de la iglesia.
Peor fue un dia que fui a la capital a una novena que hacían las monjas, no se en que momento dijo: …Gracias a la democracia… a mi se me escapó en voz alta un: «Será Gracias a Dios, no te jode», me tuve que ir aparte por el asco, por las miradas molestas de los cuatro abuelos que habia.
Esta to’ mu’ mal.
Que la autoridad eclesiástica competente agarre de la oreja a ese mal cura, le quite la parroquia y lo mande a dar cuenta de sus actos a quien corresponda
Bien Venidos al Novus Ordo Satanorum.
Novedad del reportaje = ninguna.
Ese sacerdote, supongo que franciscano, debería ser enviado a galeras…
Pero como ahora no hay, «voluntario» a misiones, a Sudán del Sur, por ejemplo.
Tacita a tacita… se va edificando la falsa Iglesita.
Ya es la leche que la den monjas con el pretexto de ayudar con tanta gente y como si nada. Le dan la vuelta a todo; y detrás de las formas vienen los conceptos.
Roma ha perdido la fé hace mucho tiempo y la está haciendo perder a los pocos que aun dicen que la tienen