La confusión entre la fragilidad de la naturaleza humana, la condición de pecador y la situación objetiva de pecado
Tomamos la información de la agencia de noticias SIR, relacionada con el encuentro sobre el aniversario de Amoris Laetitia:
“La fragilidad debe entenderse como una condición común de la humanidad, no como una etiqueta excluyente. Este es uno de los puntos centrales del informe resumido de la reunión celebrada en el Vaticano del 7 al 14 de octubre con motivo del décimo aniversario de «Amoris Laetitia», presentado hoy en la Oficina de Prensa de la Santa Sede por Mons. Philippe Bordeyne, presidente del Instituto Teológico Pontificio Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia y coordinador de los expertos. El texto, explicó, aún no está disponible y se desconoce en qué formato se hará público”.
Lo verdaderamente preocupante de estas declaraciones no es el reconocimiento de la fragilidad como condición común de la humanidad, afirmación que, correctamente entendida, resulta indiscutible. Lo preocupante, lo que vemos que está ocurriendo cada vez más, es el desplazamiento de las categorías fundamentales de la teología moral católica hacia otras categorías humanas y sentimentales.
¿Acaso, no se está sustituyendo el pecado por “la fragilidad”, la responsabilidad moral por “la condición humana común”, la conversión por “el acompañamiento” y las disposiciones necesarias para recibir los sacramentos por una genérica exigencia de “no exclusión”?
Estas preguntas son de extrema importancia, pues afectan a la comprensión misma del pecado, de la libertad humana, de la gracia de Cristo y de la eficacia salvadora de los sacramentos.
Pensamos que introducir nuevas categorías pastorales -acomodadas a los tiempos presentes como si fueran únicos y excepcionales, que requieren nuevas categorías-, no se justifica en absoluto. Hay un peligro de subvertir la moral católica. Ante esta situación, en primer lugar, debe explicarse cómo se justifican estas nuevas categorías pastorales con la doctrina católica recibida. Y, en segundo lugar, no basta con invocar el discernimiento o la inclusión. Es necesario precisar qué se discierne, conforme a qué principios morales y con qué finalidad sobrenatural.
Estamos ante una cuestión que afecta directamente a la credibilidad de la enseñanza eclesial. La fe católica no puede quedar sometida a reinterpretaciones cambiantes según las sensibilidades culturales de cada época o las preferencias de quienes ejercen temporalmente la autoridad.
El Magisterio no es dueño del depósito de la fe, sino su servidor y custodio. Su misión no consiste en sustituir las verdades recibidas por categorías pastorales de significado indeterminado, sino en anunciar íntegramente la Revelación y mostrar cómo debe ser vivida en las circunstancias concretas de cada época.
La pregunta fundamental es esta: ¿el discernimiento pastoral está al servicio de la conversión del pecador a Cristo o se está convirtiendo en un procedimiento para acomodar las exigencias morales del Evangelio a determinadas situaciones humanas?
La respuesta exige claridad doctrinal. Porque no estamos discutiendo simplemente un cambio de vocabulario pastoral, sino la relación entre la verdad revelada, la responsabilidad moral del hombre y la salvación que Jesucristo ha venido a ofrecernos.
Nos viene una inquietud: si no se está intentando reducir lo más posible el significado de la moral católica, “liberándola” de su formulación teológica tradicional, para expresarla con conceptos hoy admitidos por todos, con el fin de complacer las exigencias humanas actuales.
Si la aplicación del capítulo VIII de Amoris Laetitia llega a consolidar la idea de que determinadas exigencias morales pueden reinterpretarse mediante categorías pastorales suficientemente flexibles, ¿qué impediría que mañana se utilizara un procedimiento semejante respecto de las verdades dogmáticas?
Entonces nos encontraríamos ante una fe católica que, como caña agitada por el viento, se inclina hacia allí donde más fuerte sopla.
