ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}A la memoria de mi muy respetado y querido amigo, el Ilmo. sacerdote Don José Ignacio Dallo Larequi.
Los recientes pronunciamientos de la Iglesia católica sobre la dignidad humana son documentos de una importancia fundamental para analizar los males a los que nos enfrentamos, los cuales ya han traspasado el umbral de nuestro tiempo:
a) La profunda mutación geopolítica que atraviesa el panorama mundial, manifestada en los conflictos de seguridad, las migraciones y las tensiones bélicas, que impulsan una reconfiguración abrupta hacia un nuevo orden internacional, con el peligro potencial de una guerra mundial.
b) La irrupción de la inteligencia artificial (IA), que incidirá en el surgimiento de un nuevo sistema de poder basado en los datos y los algoritmos, donde la dignidad de la persona corre peligro frente a mecanismos sofisticados e invisibles de condicionamiento social. Mecanismos que pueden propiciar la pérdida de control sobre la autonomía individual, la delegación excesiva del pensamiento humano y un uso desregulado al servicio de intereses corporativos y geopolíticos.
Resulta lógico que nos encontremos en una crisis existencial frente a desafíos como la globalización, el cambio climático, las transformaciones económicas y la tecnología masiva, ante los cuales somos incapaces de responder adecuadamente al carecer de una base moral sólida.
Esta situación, que es generalizada en todo el mundo, Europa la disimula gracias al tejido moral cristiano subyacente, a los valores laicos «ilustrados»: la libertad, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia, la justicia y la solidaridad. Valores que no son sino una herencia cristiana, pues se limitaron a trasladar a un plano naturalista o racional lo que ya estaba presente en el cristianismo, del cual la Ilustración lo recibió.
En este contexto, Europa, faro de la civilización mundial que durante siglos basó su identidad y su cultura en el cristianismo, ha perdido su guía moral al vaciarse de su contenido espiritual. Las consecuencias de este fenómeno tienen una importancia que va más allá de nuestra comprensión porque, donde el mensaje de Jesús debería tocar al cristiano en lo más profundo de su ser, hoy se ha reducido a una mera noción. Y es tal este abandono, que el distanciamiento de nuestra cultura cristiana parece no tener marcha atrás. Por lo que respecta a España, todo lo que está sucediendo es consecuencia directa de la decadencia del catolicismo, causa del abandono de la fe cristiana por parte del Estado.
Los desastres que esto ha traído consigo son fáciles de constatar: la merma de los valores morales y la confusión sobre la finalidad de la propia existencia, hasta el punto de llevarnos a preguntar cuál es el sentido de la vida. De ahí el tedio, las depresiones y el aumento de los suicidios, que ya se han convertido en la primera causa de muerte entre la población más joven.
Necesitamos luchar por la Unidad Católica de España, tal como hizo el quincenal Siempre p’alante cuando los tiempos se volvieron convulsos y llenos de ruido. Cuando la verdad sobre el hombre y la sociedad que fundamenta la fe cristiana —encarnada por la religión católica— perdió su funcionalidad en España para convertirse en un instrumento de manipulación comunicativa y tergiversación ideológica. Al tiempo de dar cumplida respuesta a la deconstrucción política que inició España tras el fallecimiento de Franco. De esta necesidad surgió Siempre p’alante, fundado, editado y dirigido durante 851 números (primero como quincenal y después como mensual) por el ilustrísimo sacerdote don José Ignacio Dallo Larequi.
Labor periodística que la publicación asume y con la que se compromete para contrarrestar lo que en muchos sectores de la Iglesia se consideraba el espíritu de los tiempos: el pluralismo religioso y la democracia liberal, que han dado como resultado el Estado secularizado, sino directamente agnóstico. Al tiempo de señalar a quienes tergiversaban la fe, desacralizándola, y la doctrina, acomodándola a los nuevos vientos. Por eso, el Siempre p’alante se ha ganado a pulso un lugar de privilegio entre los medios de comunicación católicos y patrióticos. Los cientos de páginas impresas de sus sucesivos números —con firmas muy ilustres del panorama intelectual español— son testigos incontestables de la lucha y del afán que encabezó durante cuarenta años, sin otro propósito ni otra ilusión que la reconquista de la unidad católica de España. Es muy difícil, con la excepción de la revista Fuerza Nueva, al frente de la cual estuvo don Luis Fernández Villamea, encontrar otra trayectoria comparable en su tiempo y con tan pocos medios.
Así pues, don José Ignacio, desde Siempre p’alante, dio la voz de alarma a la difusión a los errores doctrinales que se han venido produciendo y hasta consintiendo, como en el caso del sacramento de la penitencia, cuyo resultado a día de hoy es demoledor, y al destrozó de la liturgia, que a todas luces ha ido perdiendo no solo magnificencia, sino también sacralidad. Asimismo, de alertar contra las corrientes acomodaticias tanto en la Iglesia como en la política que se han hecho fuertes y que suponen un influjo negativo en el ámbito religioso y patriótico para responder a las necesidades de los españoles. Por eso supo desde el principio que su labor periodística al frente de Siempre p’alante era un desafío religioso y patriótico que había que afrontar con energía, en cuanto que todos necesitamos estar preparados para responder con sabiduría; porque, como tantas veces nos hizo ver, los fieles laicos, en virtud de nuestra participación en el oficio profético de Cristo, tenemos que estar plenamente implicados en esta labor de la Iglesia y a favor de España.
Escribió Václav Havel que «son necesarios largos años antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad se impongan y se lleven por delante el cinismo, pero, al final, siempre acaban ganando la batalla». En este sentido, don José Ignacio construyó el Siempre p’alante y quiso estar al frente de esta labor hasta que le llegase la hora de su fallecimiento, momento a partir del cual dejaría de existir su obra.
Por mi parte, ha sido un honor haber dirigido tan ilustre revista desde octubre de 2021 hasta julio de 2025. Asumí esta responsabilidad cuando don José Ignacio, tras sufrir un ictus, me honró al pedirme que lo sustituyera al frente de su obra. A esta labor dediqué el tiempo y el esfuerzo necesarios para informar siempre desde la verdad, sello indiscutible de este medio desde su primer número hasta el 895. El agradecimiento de don José Ignacio compensó con creces mi dedicación, y espero no haber defraudado a los suscriptores y lectores de nuestro querido Siempre p’alante, desaparecido tras el fallecimiento de su fundador y editor; una obra que nació a mayor gloria de Dios y de la Iglesia, con el firme objetivo de defender la Unidad Católica de España.
P. Dallo
Don José Ignacio Dallo Larequi nació en Pamplona el 14 de junio de 1935. En 1946 ingresó en el Seminario Diocesano de Pamplona y fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1958. Durante dos años amplió sus estudios en Salamanca y, posteriormente, ejerció como coadjutor en la localidad navarra de Marcilla. De 1965 a 1979 fue capellán del Colegio Menor Ruiz de Alda, al tiempo que estudiaba Literatura Hispánica en la Universidad de Navarra. Obtuvo el número uno de España como catedrático de instituto en las oposiciones nacionales, recibiendo el Premio Nacional de manos del jefe del Estado, el generalísimo Franco.
Desde 1968 a 1999, compaginó su sacerdocio, ejerciendo como profesor de Literatura en el Instituto Ximénez de Rada de Pamplona. Fue miembro del Consejo Presbiteral, colaboró activamente en la parroquia de San Francisco Javier y fue un magnífico canónigo de la catedral pamplonesa. Pero, sobre todo, fue un verdadero sacerdote, entusiasta de la causa de Dios.
Firme defensor de la doctrina católica, lo que se reflejó en su histórica oposición a las absoluciones colectivas ilícitas en 1979. Posicionamiento en favor del sacramento de la penitencia que le costó duras sanciones eclesiásticas y la suspensión de su canonjía en 1990 por parte del entonces arzobispo de Pamplona y Tudela, monseñor José María Cirarda Lachiondo –que hasta le quiso suspender a divinis por no abdicar de sus convicciones doctrinales–, que soportó como un auténtico «martirio» administrativo por fidelidad al Magisterio.
Martirio que siguió soportando a lo largo de toda su vida, pues los obispos que sucedieron a Cirarda al frente de la archidiócesis de Pamplona y Tudela —Fernando Sebastián Aguilar (1993-2007), Francisco Pérez González (2007-2024) y Florencio Roselló Avellanas (desde 2024)— no tuvieron a bien levantar tan injustas sanciones ni de preocuparse de las alegaciones del sacerdote tan injustamente tratado. No lo hicieron ni siquiera ante los requerimientos que les dirigimos en favor de un sacerdote anciano cuyo único deseo era morir habiendo sido absuelto. Ni siquiera el actual, Florencio Roselló, quien, siendo mercedario y habiendo sido capellán de varios centros penitenciarios y coordinador de la Pastoral Penitenciaria en la Comunidad Valenciana (1993-2003) y delegado diocesano de Pastoral Penitenciaria en la diócesis de Orihuela-Alicante (1994-2003), tendría que haber sido más sensible a la situación de un preso condenado sine die; porque ese fue el martirio y la injusta condena que sufrió don José Ignacio.
¡Qué tan indigno comportamiento recaiga sobre los legados de todos ellos y en la conciencia de quienes aún viven!
Aunque lejos de rendirse, canalizó su vocación combativa y patriótica durante casi 40 años fundando y dirigiendo la revista quincenal Siempre p’alante, un baluarte de los valores católicos e hispánicos, que se distribuía a todos los dicasterios del Vaticano y a suscritores por todo el mundo. Y como impulsor del laicado, formó a varias generaciones de laicos comprometidos en la piedad tradicional y en la apologética católica; así como organizando las influyentes Jornadas por la Unidad Católica de España por medio de la Unión Seglar San Francisco Javier, que fundó y dirigió.
P. Dallo
Ya mayor, y tras sufrir complicaciones de salud a causa de un ictus, pasó sus últimos días en la residencia pamplonesa Retiro Sacerdotal del Buen Pastor. En este centro privado, propiedad del Arzobispado y gestionado por la Congregación de Marta y María para los sacerdotes de la diócesis, no se sintió cómodo ni bien tratado. Falleció el 9 de julio de 2025 en Pamplona a los 90 años, dejando tras de sí un profundo legado de fidelidad eclesial y entrega a sus convicciones doctrinales.
Su labor, testimonio y magisterio no han caído en saco roto, porque la Reconquista de la Unidad Católica de España es el objetivo que sigue manteniendo la Unión Seglar San Francisco Javier de Pamplona —presidida actualmente por don José Fermín Garralda Arizcun, un tradicionalista de pro— a través de sus jornadas anuales. Pues, tanto su junta directiva como los participantes en estos encuentros son conscientes que la defensa del Estado confesional católico es el eje central de la salvación de España.{/gspeech}
A la memoria de mi muy respetado y querido amigo, el Ilmo. sacerdote Don José Ignacio Dallo Larequi.
Los recientes pronunciamientos de la Iglesia católica sobre la dignidad humana son documentos de una importancia fundamental para analizar los males a los que nos enfrentamos, los cuales ya han traspasado el umbral de nuestro tiempo:
a) La profunda mutación geopolítica que atraviesa el panorama mundial, manifestada en los conflictos de seguridad, las migraciones y las tensiones bélicas, que impulsan una reconfiguración abrupta hacia un nuevo orden internacional, con el peligro potencial de una guerra mundial.
b) La irrupción de la inteligencia artificial (IA), que incidirá en el surgimiento de un nuevo sistema de poder basado en los datos y los algoritmos, donde la dignidad de la persona corre peligro frente a mecanismos sofisticados e invisibles de condicionamiento social. Mecanismos que pueden propiciar la pérdida de control sobre la autonomía individual, la delegación excesiva del pensamiento humano y un uso desregulado al servicio de intereses corporativos y geopolíticos.
Resulta lógico que nos encontremos en una crisis existencial frente a desafíos como la globalización, el cambio climático, las transformaciones económicas y la tecnología masiva, ante los cuales somos incapaces de responder adecuadamente al carecer de una base moral sólida.
Esta situación, que es generalizada en todo el mundo, Europa la disimula gracias al tejido moral cristiano subyacente, a los valores laicos «ilustrados»: la libertad, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia, la justicia y la solidaridad. Valores que no son sino una herencia cristiana, pues se limitaron a trasladar a un plano naturalista o racional lo que ya estaba presente en el cristianismo, del cual la Ilustración lo recibió.
En este contexto, Europa, faro de la civilización mundial que durante siglos basó su identidad y su cultura en el cristianismo, ha perdido su guía moral al vaciarse de su contenido espiritual. Las consecuencias de este fenómeno tienen una importancia que va más allá de nuestra comprensión porque, donde el mensaje de Jesús debería tocar al cristiano en lo más profundo de su ser, hoy se ha reducido a una mera noción. Y es tal este abandono, que el distanciamiento de nuestra cultura cristiana parece no tener marcha atrás. Por lo que respecta a España, todo lo que está sucediendo es consecuencia directa de la decadencia del catolicismo, causa del abandono de la fe cristiana por parte del Estado.
Los desastres que esto ha traído consigo son fáciles de constatar: la merma de los valores morales y la confusión sobre la finalidad de la propia existencia, hasta el punto de llevarnos a preguntar cuál es el sentido de la vida. De ahí el tedio, las depresiones y el aumento de los suicidios, que ya se han convertido en la primera causa de muerte entre la población más joven.
Necesitamos luchar por la Unidad Católica de España, tal como hizo el quincenal Siempre p’alante cuando los tiempos se volvieron convulsos y llenos de ruido. Cuando la verdad sobre el hombre y la sociedad que fundamenta la fe cristiana —encarnada por la religión católica— perdió su funcionalidad en España para convertirse en un instrumento de manipulación comunicativa y tergiversación ideológica. Al tiempo de dar cumplida respuesta a la deconstrucción política que inició España tras el fallecimiento de Franco. De esta necesidad surgió Siempre p’alante, fundado, editado y dirigido durante 851 números (primero como quincenal y después como mensual) por el ilustrísimo sacerdote don José Ignacio Dallo Larequi.
Labor periodística que la publicación asume y con la que se compromete para contrarrestar lo que en muchos sectores de la Iglesia se consideraba el espíritu de los tiempos: el pluralismo religioso y la democracia liberal, que han dado como resultado el Estado secularizado, sino directamente agnóstico. Al tiempo de señalar a quienes tergiversaban la fe, desacralizándola, y la doctrina, acomodándola a los nuevos vientos. Por eso, el Siempre p’alante se ha ganado a pulso un lugar de privilegio entre los medios de comunicación católicos y patrióticos. Los cientos de páginas impresas de sus sucesivos números —con firmas muy ilustres del panorama intelectual español— son testigos incontestables de la lucha y del afán que encabezó durante cuarenta años, sin otro propósito ni otra ilusión que la reconquista de la unidad católica de España. Es muy difícil, con la excepción de la revista Fuerza Nueva, al frente de la cual estuvo don Luis Fernández Villamea, encontrar otra trayectoria comparable en su tiempo y con tan pocos medios.
Así pues, don José Ignacio, desde Siempre p’alante, dio la voz de alarma a la difusión a los errores doctrinales que se han venido produciendo y hasta consintiendo, como en el caso del sacramento de la penitencia, cuyo resultado a día de hoy es demoledor, y al destrozó de la liturgia, que a todas luces ha ido perdiendo no solo magnificencia, sino también sacralidad. Asimismo, de alertar contra las corrientes acomodaticias tanto en la Iglesia como en la política que se han hecho fuertes y que suponen un influjo negativo en el ámbito religioso y patriótico para responder a las necesidades de los españoles. Por eso supo desde el principio que su labor periodística al frente de Siempre p’alante era un desafío religioso y patriótico que había que afrontar con energía, en cuanto que todos necesitamos estar preparados para responder con sabiduría; porque, como tantas veces nos hizo ver, los fieles laicos, en virtud de nuestra participación en el oficio profético de Cristo, tenemos que estar plenamente implicados en esta labor de la Iglesia y a favor de España.
Escribió Václav Havel que «son necesarios largos años antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad se impongan y se lleven por delante el cinismo, pero, al final, siempre acaban ganando la batalla». En este sentido, don José Ignacio construyó el Siempre p’alante y quiso estar al frente de esta labor hasta que le llegase la hora de su fallecimiento, momento a partir del cual dejaría de existir su obra.
Por mi parte, ha sido un honor haber dirigido tan ilustre revista desde octubre de 2021 hasta julio de 2025. Asumí esta responsabilidad cuando don José Ignacio, tras sufrir un ictus, me honró al pedirme que lo sustituyera al frente de su obra. A esta labor dediqué el tiempo y el esfuerzo necesarios para informar siempre desde la verdad, sello indiscutible de este medio desde su primer número hasta el 895. El agradecimiento de don José Ignacio compensó con creces mi dedicación, y espero no haber defraudado a los suscriptores y lectores de nuestro querido Siempre p’alante, desaparecido tras el fallecimiento de su fundador y editor; una obra que nació a mayor gloria de Dios y de la Iglesia, con el firme objetivo de defender la Unidad Católica de España.
P. Dallo
Don José Ignacio Dallo Larequi nació en Pamplona el 14 de junio de 1935. En 1946 ingresó en el Seminario Diocesano de Pamplona y fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1958. Durante dos años amplió sus estudios en Salamanca y, posteriormente, ejerció como coadjutor en la localidad navarra de Marcilla. De 1965 a 1979 fue capellán del Colegio Menor Ruiz de Alda, al tiempo que estudiaba Literatura Hispánica en la Universidad de Navarra. Obtuvo el número uno de España como catedrático de instituto en las oposiciones nacionales, recibiendo el Premio Nacional de manos del jefe del Estado, el generalísimo Franco.
Desde 1968 a 1999, compaginó su sacerdocio, ejerciendo como profesor de Literatura en el Instituto Ximénez de Rada de Pamplona. Fue miembro del Consejo Presbiteral, colaboró activamente en la parroquia de San Francisco Javier y fue un magnífico canónigo de la catedral pamplonesa. Pero, sobre todo, fue un verdadero sacerdote, entusiasta de la causa de Dios.
Firme defensor de la doctrina católica, lo que se reflejó en su histórica oposición a las absoluciones colectivas ilícitas en 1979. Posicionamiento en favor del sacramento de la penitencia que le costó duras sanciones eclesiásticas y la suspensión de su canonjía en 1990 por parte del entonces arzobispo de Pamplona y Tudela, monseñor José María Cirarda Lachiondo –que hasta le quiso suspender a divinis por no abdicar de sus convicciones doctrinales–, que soportó como un auténtico «martirio» administrativo por fidelidad al Magisterio.
Martirio que siguió soportando a lo largo de toda su vida, pues los obispos que sucedieron a Cirarda al frente de la archidiócesis de Pamplona y Tudela —Fernando Sebastián Aguilar (1993-2007), Francisco Pérez González (2007-2024) y Florencio Roselló Avellanas (desde 2024)— no tuvieron a bien levantar tan injustas sanciones ni de preocuparse de las alegaciones del sacerdote tan injustamente tratado. No lo hicieron ni siquiera ante los requerimientos que les dirigimos en favor de un sacerdote anciano cuyo único deseo era morir habiendo sido absuelto. Ni siquiera el actual, Florencio Roselló, quien, siendo mercedario y habiendo sido capellán de varios centros penitenciarios y coordinador de la Pastoral Penitenciaria en la Comunidad Valenciana (1993-2003) y delegado diocesano de Pastoral Penitenciaria en la diócesis de Orihuela-Alicante (1994-2003), tendría que haber sido más sensible a la situación de un preso condenado sine die; porque ese fue el martirio y la injusta condena que sufrió don José Ignacio.
¡Qué tan indigno comportamiento recaiga sobre los legados de todos ellos y en la conciencia de quienes aún viven!
Aunque lejos de rendirse, canalizó su vocación combativa y patriótica durante casi 40 años fundando y dirigiendo la revista quincenal Siempre p’alante, un baluarte de los valores católicos e hispánicos, que se distribuía a todos los dicasterios del Vaticano y a suscritores por todo el mundo. Y como impulsor del laicado, formó a varias generaciones de laicos comprometidos en la piedad tradicional y en la apologética católica; así como organizando las influyentes Jornadas por la Unidad Católica de España por medio de la Unión Seglar San Francisco Javier, que fundó y dirigió.
P. Dallo
Ya mayor, y tras sufrir complicaciones de salud a causa de un ictus, pasó sus últimos días en la residencia pamplonesa Retiro Sacerdotal del Buen Pastor. En este centro privado, propiedad del Arzobispado y gestionado por la Congregación de Marta y María para los sacerdotes de la diócesis, no se sintió cómodo ni bien tratado. Falleció el 9 de julio de 2025 en Pamplona a los 90 años, dejando tras de sí un profundo legado de fidelidad eclesial y entrega a sus convicciones doctrinales.
Su labor, testimonio y magisterio no han caído en saco roto, porque la Reconquista de la Unidad Católica de España es el objetivo que sigue manteniendo la Unión Seglar San Francisco Javier de Pamplona —presidida actualmente por don José Fermín Garralda Arizcun, un tradicionalista de pro— a través de sus jornadas anuales. Pues, tanto su junta directiva como los participantes en estos encuentros son conscientes que la defensa del Estado confesional católico es el eje central de la salvación de España.
4 respuestas a «La revista Siempre p´alante y la defensa de la Unidad Católica de España»
EL PADRE DALLO, fue un ejemplo para todos los que tuvimos EL HONOR DE CONOCERLE, Y TRATARLE.
Un sacerdote, un canónigo, en realidad un MONSEÑOR, por sus méritos, que siempre me decía que Dios solo nos pide lo que podemos hacer. Ni más ni menos.
Y él se aplicaba la frase, aunque en su caso, dando mucho más de lo que podía…
Ruego una oración por su alma.
Descanse en la Paz de Dios.
Recibí durante muchos años la revista en mi casa, por indicación de un tío mio, requeté, de Pamplona. Era siempre muy interasnte y siempre con la doctrina muy clara. Una ignominia lo que le hicieron al padre Dallo.
Pues con solo esa frase ya se disipa cualquier duda sobre su persona. Nos pide lo que podemos hacer: siempre más de lo que nosotros mismos creemos poder o saber hacer.
Recibí durante muchos años la revista en mi casa, por indicación de un tío mio, requeté, de Pamplona. Era siempre muy interasnte y siempre con la doctrina muy clara. Una ignominia lo que le hicieron al padre Dallo.
EL PADRE DALLO, fue un ejemplo para todos los que tuvimos EL HONOR DE CONOCERLE, Y TRATARLE.
Un sacerdote, un canónigo, en realidad un MONSEÑOR, por sus méritos, que siempre me decía que Dios solo nos pide lo que podemos hacer. Ni más ni menos.
Y él se aplicaba la frase, aunque en su caso, dando mucho más de lo que podía…
Ruego una oración por su alma.
Descanse en la Paz de Dios.
Recibí durante muchos años la revista en mi casa, por indicación de un tío mio, requeté, de Pamplona. Era siempre muy interasnte y siempre con la doctrina muy clara. Una ignominia lo que le hicieron al padre Dallo.
Pues con solo esa frase ya se disipa cualquier duda sobre su persona. Nos pide lo que podemos hacer: siempre más de lo que nosotros mismos creemos poder o saber hacer.
Recibí durante muchos años la revista en mi casa, por indicación de un tío mio, requeté, de Pamplona. Era siempre muy interasnte y siempre con la doctrina muy clara. Una ignominia lo que le hicieron al padre Dallo.