Sánchez
ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}Si el mundo sufriera un apocalipsis nuclear, solo sobrevivirían las ratas, las cucarachas y Pedro Sánchez.
La resistencia de semejante espécimen es equiparable a la flotabilidad del corcho sobre los detritus de la sociedad que ha contribuido a formar. Su “carrera” política es un continuo ejercicio de escapismo de alto riesgo por el que semejante individuo ha sido capaz de presentarse como el sensato azote del populismo a su izquierda y del independentismo periférico, para pasar a gobernar abrazado a ellos con la naturalidad de quien cambia de pasta de dientes. Para Sánchez, la «coherencia» no es una virtud; es una limitación mental para políticos sin imaginación a los que desprecia. En el diccionario sanchista mentir no existe, existen los «cambios de posición por el interés general” y con esa plasticidad verbal es capaz de defender una tesis y su contraria en la misma semana, mirando fijamente a la cámara con una sonrisa patológica que desafía las leyes de la vergüenza universal.
En lo personal, Sánchez parece un mediocre actor de comedia que se gusta demasiado, y que sobreactúa sin medida ante espectadores inermes por su propia ignorancia intelectual, incapaces de silbar el espectáculo que progresivamente detestan, por miedo a que los echen del patio de butacas. El protagonista de esa comedia bufa, utiliza su planta de galán como si el Consejo de Ministros fuera la pasarela Cibeles, donde cada mirada al horizonte, cada ajuste de corbata y cada posado en las escaleras del Falcon, están coreografiados para alimentar su propio ego y el de sus fieles seguidores que le aplauden como focas amaestradas. Bien sabemos que cuando las cosas se ponen difíciles, el ínclito sujeto no convoca una rueda de prensa para dar explicaciones, o concede una entrevista para exponer sus argumentos, escribe epístolas de cinco páginas a la ciudadanía al más puro estilo de un drama adolescente, tomándose cinco días de reflexión, para que todo el país contenga el aliento, mientras él decide si nos sigue otorgando el privilegio de su guía.
Políticamente, Sánchez ha perfeccionado el arte de identificar el Estado con su propia persona. “El Estado soy yo”, al modo de un rey Sol postmoderno, lleno de vacuidad ridícula. El sanchismo no tiene pensamiento político, económico ni social; es una simple doctrina que consiste en mantenerlo durmiendo en la Moncloa, rodeado de paniaguados con magníficos sueldos, sujetos a la supervivencia de su idolatrado líder. Si para mantener el poder tiene que ser socialdemócrata, lo es; si tiene que ser el mayor aliado del libre mercado, también; si tiene que amnistiar a quien haga falta saltándose sus propias líneas rojas, se hace y se vende como “convivencia». Si hay que devorar a su propio partido convirtiéndolo en una gestoría que trabaja exclusivamente para su mayor gloria, se hace. Quien se mueve de la foto o critica el errático rumbo de la nave es ejecutado políticamente con una frialdad quirúrgica similar a la de las ratas royendo un cadáver putrefacto.
Se trata de un individuo que ha hecho de la contradicción una obra de arte postmoderna pintada con excrementos humanos, y del poder su único y verdadero destino.
Toda esta eficaz “estrategia” se apoya en un sustrato poblacional sujeto a la mas absoluta incapacidad para salir de las dimensiones del imaginario corral en que se encuentra encerrado, y en ese contexto gallinaceo los procedimientos de comunicación de Sanchez, representan una obra maestra de la propaganda moderna, diseñados no para informar, sino para controlar la narrativa, atomizar a la oposición y anestesiar a la crítica. No se trata de lo que pasa, sino de los que la gente “crea” que pasa. Es decir, la realidad no importa, lo que importa es la percepción de esa realidad por las mentes sumisas y conformistas anegadas por el pensamiento sectario.
En cualquier caso hay que elogiar el hábil trabajo de sus numerosos equipos de comunicación bajo el férreo control de Diego Rubio Rodriguez, su jefe de gabinete, su gurú de cabecera, su Maquiavelo particular y su maestro doctoral en el “arte de la mentira”. Cuando un problema le estalla entre las manos, la estrategia monclovita no consiste en defenderse, sino en cambiar el marco de la conversación de manera agresiva, tratando de no jugar en el campo del adversario. Su manoseado manual de comunicación dispone para ello de múltiples recursos, ya sobradamente conocidos por su constante y grosera repetición. Apelar a la empatía del votante es una de ellos; se presenta como el hombre acosado por los poderes fácticos, la banca, las grandes eléctricas, los medios de comunicación tradicionales, buscando que sus fieles votantes, y la audiencia de despistados mediáticos empaticen con alguien que, en realidad, ostenta la presidencia del Gobierno y todo el aparato del Estado en sus manos.
Otro, es revertir encuestas cuando son adversas, pasando de la distancia imperial a la sobreexposición calculada, acudiendo a programas de entretenimiento, utilizando las redes sociales como un adolescente inane o apareciendo en contextos sociales favorables como entrega de premios de cine o espectáculos promovidos por sus afines del gremio “artístico”. El objetivo es proyectar una imagen de cercanía desenfadada para diluir la percepción de frialdad y distanciamiento que suele dejar tras tras su paso. Un recurso habitual es la selección de interlocutores, dando exclusiva prioridad a la comparecencia ante medios afines que le masajean impúdicamente para asentar el mensaje gubernamental antes de que la oposición pueda reaccionar, balcanizando el mapa mediático entre «medios serios”, que compran su relato, y “pseudomedios”, que le critican.
El comodín del “fango» es otro elemento que ya se ha vuelto cómicamente repetitivo. Según este, cualquier crítica periodística legítima, cualquier investigación judicial o cualquier reproche de la oposición no se contesta con datos; se empaqueta bajo la etiqueta de la «máquina del fango», «la fachosfera» o una «conspiración de la derecha y la ultraderecha». De este modo, el debate deja de ser sobre su gestión y pasa a ser sobre la calidad democrática de quienes le critican.
En definitiva, la comunicación de Sánchez es una herramienta de combate táctico diario donde la verdad del lunes es perfectamente prescindible el martes, siempre y cuando sirva para ganar el informativo del jueves y mejorar las encuestas del viernes.
La desvergüenza como arte de lo posible, la impudicia como éxtasis del poder, la mentira como cumbre de la utilidad fáctica, la venganza como culminación de la política, la miseria moral como norma de comportamiento, el veneno como destilación de la sabiduría, y el poder como valor exclusivo y absoluto en si mismo. Todo eso y mucho más es la naturaleza del “conducator” monclovita, un individuo sin escrúpulos y sin sustancia.
Pero ¿saben cual es el problema?, el otro, el que vendrá. El gallego, un tipo lleno de palabras y de intenciones, de promesas preñadas de olvido y cubiertas del conveniente sosiego aplazable. Un tipo del mismo partido que aquel otro ¿se acuerdan? El de “la economía es lo único importante”, que pronto comprenderá que la moderación del discurso y la contemporización práctica es una sabia virtud del gobernante… En eso quedará todo.{/gspeech}
Si el mundo sufriera un apocalipsis nuclear, solo sobrevivirían las ratas, las cucarachas y Pedro Sánchez.
La resistencia de semejante espécimen es equiparable a la flotabilidad del corcho sobre los detritus de la sociedad que ha contribuido a formar. Su “carrera” política es un continuo ejercicio de escapismo de alto riesgo por el que semejante individuo ha sido capaz de presentarse como el sensato azote del populismo a su izquierda y del independentismo periférico, para pasar a gobernar abrazado a ellos con la naturalidad de quien cambia de pasta de dientes. Para Sánchez, la «coherencia» no es una virtud; es una limitación mental para políticos sin imaginación a los que desprecia. En el diccionario sanchista mentir no existe, existen los «cambios de posición por el interés general” y con esa plasticidad verbal es capaz de defender una tesis y su contraria en la misma semana, mirando fijamente a la cámara con una sonrisa patológica que desafía las leyes de la vergüenza universal.
En lo personal, Sánchez parece un mediocre actor de comedia que se gusta demasiado, y que sobreactúa sin medida ante espectadores inermes por su propia ignorancia intelectual, incapaces de silbar el espectáculo que progresivamente detestan, por miedo a que los echen del patio de butacas. El protagonista de esa comedia bufa, utiliza su planta de galán como si el Consejo de Ministros fuera la pasarela Cibeles, donde cada mirada al horizonte, cada ajuste de corbata y cada posado en las escaleras del Falcon, están coreografiados para alimentar su propio ego y el de sus fieles seguidores que le aplauden como focas amaestradas. Bien sabemos que cuando las cosas se ponen difíciles, el ínclito sujeto no convoca una rueda de prensa para dar explicaciones, o concede una entrevista para exponer sus argumentos, escribe epístolas de cinco páginas a la ciudadanía al más puro estilo de un drama adolescente, tomándose cinco días de reflexión, para que todo el país contenga el aliento, mientras él decide si nos sigue otorgando el privilegio de su guía.
Políticamente, Sánchez ha perfeccionado el arte de identificar el Estado con su propia persona. “El Estado soy yo”, al modo de un rey Sol postmoderno, lleno de vacuidad ridícula. El sanchismo no tiene pensamiento político, económico ni social; es una simple doctrina que consiste en mantenerlo durmiendo en la Moncloa, rodeado de paniaguados con magníficos sueldos, sujetos a la supervivencia de su idolatrado líder. Si para mantener el poder tiene que ser socialdemócrata, lo es; si tiene que ser el mayor aliado del libre mercado, también; si tiene que amnistiar a quien haga falta saltándose sus propias líneas rojas, se hace y se vende como “convivencia». Si hay que devorar a su propio partido convirtiéndolo en una gestoría que trabaja exclusivamente para su mayor gloria, se hace. Quien se mueve de la foto o critica el errático rumbo de la nave es ejecutado políticamente con una frialdad quirúrgica similar a la de las ratas royendo un cadáver putrefacto.
Se trata de un individuo que ha hecho de la contradicción una obra de arte postmoderna pintada con excrementos humanos, y del poder su único y verdadero destino.
Toda esta eficaz “estrategia” se apoya en un sustrato poblacional sujeto a la mas absoluta incapacidad para salir de las dimensiones del imaginario corral en que se encuentra encerrado, y en ese contexto gallinaceo los procedimientos de comunicación de Sanchez, representan una obra maestra de la propaganda moderna, diseñados no para informar, sino para controlar la narrativa, atomizar a la oposición y anestesiar a la crítica. No se trata de lo que pasa, sino de los que la gente “crea” que pasa. Es decir, la realidad no importa, lo que importa es la percepción de esa realidad por las mentes sumisas y conformistas anegadas por el pensamiento sectario.

En cualquier caso hay que elogiar el hábil trabajo de sus numerosos equipos de comunicación bajo el férreo control de Diego Rubio Rodriguez, su jefe de gabinete, su gurú de cabecera, su Maquiavelo particular y su maestro doctoral en el “arte de la mentira”. Cuando un problema le estalla entre las manos, la estrategia monclovita no consiste en defenderse, sino en cambiar el marco de la conversación de manera agresiva, tratando de no jugar en el campo del adversario. Su manoseado manual de comunicación dispone para ello de múltiples recursos, ya sobradamente conocidos por su constante y grosera repetición. Apelar a la empatía del votante es una de ellos; se presenta como el hombre acosado por los poderes fácticos, la banca, las grandes eléctricas, los medios de comunicación tradicionales, buscando que sus fieles votantes, y la audiencia de despistados mediáticos empaticen con alguien que, en realidad, ostenta la presidencia del Gobierno y todo el aparato del Estado en sus manos.
Otro, es revertir encuestas cuando son adversas, pasando de la distancia imperial a la sobreexposición calculada, acudiendo a programas de entretenimiento, utilizando las redes sociales como un adolescente inane o apareciendo en contextos sociales favorables como entrega de premios de cine o espectáculos promovidos por sus afines del gremio “artístico”. El objetivo es proyectar una imagen de cercanía desenfadada para diluir la percepción de frialdad y distanciamiento que suele dejar tras tras su paso. Un recurso habitual es la selección de interlocutores, dando exclusiva prioridad a la comparecencia ante medios afines que le masajean impúdicamente para asentar el mensaje gubernamental antes de que la oposición pueda reaccionar, balcanizando el mapa mediático entre «medios serios”, que compran su relato, y “pseudomedios”, que le critican.
El comodín del “fango» es otro elemento que ya se ha vuelto cómicamente repetitivo. Según este, cualquier crítica periodística legítima, cualquier investigación judicial o cualquier reproche de la oposición no se contesta con datos; se empaqueta bajo la etiqueta de la «máquina del fango», «la fachosfera» o una «conspiración de la derecha y la ultraderecha». De este modo, el debate deja de ser sobre su gestión y pasa a ser sobre la calidad democrática de quienes le critican.
En definitiva, la comunicación de Sánchez es una herramienta de combate táctico diario donde la verdad del lunes es perfectamente prescindible el martes, siempre y cuando sirva para ganar el informativo del jueves y mejorar las encuestas del viernes.
La desvergüenza como arte de lo posible, la impudicia como éxtasis del poder, la mentira como cumbre de la utilidad fáctica, la venganza como culminación de la política, la miseria moral como norma de comportamiento, el veneno como destilación de la sabiduría, y el poder como valor exclusivo y absoluto en si mismo. Todo eso y mucho más es la naturaleza del “conducator” monclovita, un individuo sin escrúpulos y sin sustancia.
Pero ¿saben cual es el problema?, el otro, el que vendrá. El gallego, un tipo lleno de palabras y de intenciones, de promesas preñadas de olvido y cubiertas del conveniente sosiego aplazable. Un tipo del mismo partido que aquel otro ¿se acuerdan? El de “la economía es lo único importante”, que pronto comprenderá que la moderación del discurso y la contemporización práctica es una sabia virtud del gobernante… En eso quedará todo.
Lo único que cambia entre Felipe, Zparo y Sánchez, es el guion. Lo único que cambia entre Suarez, Sotelo, Aznar, Rajoy y Feijó, es el guion.