Breve Historia de Portugal, de Stanley Payne – La celebración popular de la masacre de castellanos derrotados en Aljubarrota (3)

ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}Procedemos a numerar secuencialmente los artículos, para facilitar el seguimiento. Como se ha publicado una introducción y la primera parte del primer capítulo, este es el tercer artículo de la serie, que resume la segunda parte del capítulo primero, El surgimiento de Portugal. Los capítulos del libro de Payne se organizan bajo algunos epígrafes. En el primero de estos epígrafes, La sociedad medieval portuguesa, encontramos algunos asuntos interesantes. Payne había indicado algo antes que la sociedad portuguesa era señorial pero no feudal, siguiendo el modelo de León y de Castilla. Añade que no poseía minorías musulmanas considerables, salvo algunos grupos en el Alentejo y el Algarve. En particular, indica que Portugal siguió el modelo de expansión fronteriza de León -se puede añadir y de Castilla-: repoblación mediante pueblos de campesinos libres, en vez del modelo feudal típico de Galicia. El resultado (p. 17): Hacia mediados del siglo XIII, Portugal se había convertido en la primera nación-estado de Europa. Interesante resulta saber que había solamente media docena de familias nobles poderosas y además emparentadas con la dinastía reinante. Los nobles recibían una asignación del rey que estaba entre el 30 y el 50 % de los ingresos de la corona. Es decir, que Portugal nace “absolutista” queriendo decir con ello que el poder está concentrado en el rey y la aristocracia come de su mano, según la caracterización de Perry Anderson en El Estado Absolutista. Por lo demás, lo del “absolutismo” es un intento de descalificación del régimen tradicional cristiano por la Revolución, que fue absolutamente absolutista ella misma. Hay varias referencias a instituciones de la época como los cavaleiros vilaos (caballeros villanos, hidalgos), encomiendas, aparceros, foros, concejos. Las mismas que en León y en Castilla. Bajo el epígrafe de El catolicismo portugués, encontramos que, como el del resto de España, era firme, ortodoxo y especialmente militante contra el islam. Nada distinto del español, pero (p. 21): La Iglesia había alcanzado mayor influencia política en Portugal que en Castilla debido al apoyo eclesiástico que se necesitaba para asegurar la independencia portuguesa, y debido al vasallaje tributario de la Corona al Papado… en el s. XIII sus ingresos eran mayores que los de la Corona. Ya lo comentamos antes… La corona realizó distintas investigaciones sobre la propiedad de eclesiástica para tratar de limitarla, hasta que se alcanzó un compromiso o concordia en 1290. Bajo el epígrafe de Actividad marítima y comercial se nos indica que hubo mercaderes portugueses en Francia y Flandes desde antes ya de la independencia y que Portugal estaba en una posición estratégica: en el camino entre el Mediterráneo y Flandes. Sin embargo, hasta el siglo XV no tendría lugar el desarrollo que llevaría a Portugal a la primera posición de la Cristiandad, como se verá. El epígrafe sobre La monarquía del siglo XIV presenta el fin de la dinastía borgoñona (el padre de Alfonso I, casado con la princesa castellana, era borgoñón), la batalla del Aljubarota y el comienzo de la nueva dinastía: la casa de Avís (p. 25): El largo reinado de Alfonso IV (1325-1357) entrañó disputas y guerras con Castilla, lo cual no fue óbice para la aparición de un gran ejército portugués junto a los castellanos en la batalla del Salado (1340) en la que fue decisivamente vencida la última invasión desde Marruecos. El hecho más conocido de Alfonso IV fue la ejecución de Inés de Castro, amante castellana del heredero real Pedro, por mezclar al trono portugués en los conflictos internos de Castilla. Podemos decir que el rey agradeció con su participación en la batalla del Salado que el resto de España le hubiera estado cubriendo el flanco. La historia de Inés de Castro es muy literaria por supuesto. Y sigue: El último rey de la dinastía borgoñona, don Fernando (1367-1383), fue el más fracasado e impopular; un gobernante cuya personalidad, política y reinado fueron contradictorios. (…) su política exterior fue desastrosa. Su gobierno se alió con la facción anglo-aragonesa contra Castilla en la fase contemporánea de la Guerra de los Cien Años, y sus ejércitos fueron vencidos en tres oportunidades, con lo que se vio obligado a firmar tres tratados del paz desfavorables sucesivamente. Se perdió una gran parte de la flota portuguesa (…). Cuando murió en 1383, los poblados y parte de la aristocracia bullían de descontento. Y aquí tenemos el siguiente epígrafe, de gran interés: La crisis de sucesión de 1383-1385 (p. 26): Fernando no dejó herederos varones y su única hija, Beatriz, estaba casada con Juan I de Castilla, con la promesa de que su vástago heredaría la Corona portuguesa, lo cual introduciría el peligro de la dominación castellana. Hasta que esta condición no se cumpliera, empero, la Corona portuguesa quedaría bajo la regencia de la viuda de Fernando, la odiada Leonor Téllez. El gobierno de la regente y de su nuevo amante gallego era particularmente detestado por la gente de los pueblos y por parte de la baja nobleza. El principal rival de la regente era un bastardo de Pedro I, Don Juan, Gran Maestro de la Orden de Avís (sección portuguesa de los Caballeros de Calatrava). Una revuelta de Avís expulsó a Leonor Téllez de Lisboa, pero se le enfrentó inmediatamente una fuerza invasora de Castilla. El resultado fue una guerra tanto civil como internacional entre los rebeldes portugueses y la Corona de Castilla. En general, el sur y el oeste lucharon bajo el estandarte de Avis. Las zonas costeras y urbanas, en particular, se opusieron al rey de Castilla, pues temían la imposición de un gobierno de estilo castellano que favorecía a las áreas rurales y a la aristocracia. Por otra parte, el norte y el este, más tradicionales y aristocráticos, se aliaron a Juan I. Entre 1383 y 1384, las fuerzas de Avis se mantuvieron a la defensiva, pero se las ingeniaron para avanzar rápidamente hacia el área central de alrededor de Lisboa, y a principios de 1385 las Cortes portuguesas reunidas en Coimbra reconocieron oficialmente como rey a Don Juan. La lucha alcanzó su clímax en el verano de 1385, cuando las fuerzas castellanas se habían debilitado por la larga campaña. La batalla de Aljubarrota, al norte de Lisboa, culminó en una derrota decisiva para la Corona castellana cuando la caballería de Juan I fracaso en penetrar las filas, numéricamente inferiores, de la infantería, los ballesteros y los arqueros ingleses, capitaneados por Nuño Alvares Pereira, el brillante jefe militar de Juan de Portugal. La primera alianza de Portugal con Inglaterra se había firmado con Fernando, y fue ratificada en un tratado formal de 1386, trayéndose al país un ejército de aproximadamente 5 000 ingleses. Juan de Gante, tío del inglés Ricardo II, se había casado con la hija del anterior rey de Castilla, Pedro I el Cruel, y estableció su propia reclamación sobre el trono de Castilla en oposición a la mueva dinastía Trastámara. Tres reflexiones. Primera, la tozudez del pueblo bajo de Portugal en mantener su separación del resto de España. Segunda, el hecho de que Aljubarrota fue algo más que un enfrentamiento Portugal y Castilla, sino que incluyó una división en el país y la participación de otras naciones europeas. Y tercero, la puerta abierta por nuestros hermanos portugueses a la Pérfida Albión, con la que iría de la mano abiertamente desde mediados del XVII hasta final del XIX y discretamente después en el sigilo de las logias. Pero en esto último nada podemos reprocharles porque lo mismo hicieron nuestros políticos y espadones liberales en el s. XIX. Y siguen en ello. El último epígrafe del primer capítulo se dedica a Juan I (1384-1433), primer rey de la nueva dinastía de Avís. Es un reinado del que no hay nada destacable, pero durante el que se crearon las bases para la expansión del siglo XV. Consolidó las instituciones del reino y continuó gran parte de las medidas positivas de sus predecesores. Sigue la centralización del poder, frente a los magnates, se apoya en “la clase media” y la pequeña y baja aristocracia. Y aquí acaba el capítulo primero, pero no vamos a pasar por alto la infamia de la masacre de los castellanos derrotados tras Aljubarrota, que Payne pasa por alto. Esta es la respuesta de Grok cuando le pido un “artículo académico” sobre la misma. Empieza con una introducción para la que toma como fuente la Wikipedia: La batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385 en la meseta de São Jorge (cerca de la actual Batalha, Portugal), constituyó el episodio decisivo de la crisis dinástica portuguesa de 1383-1385. En ella, las fuerzas del maestre de Avis, Juan I de Portugal, bajo el mando táctico del condestable Nuno Álvares Pereira y con el apoyo de arqueros ingleses, infligieron una derrota aplastante al ejército de Juan I de Castilla. Más allá del combate propiamente dicho, el desenlace se caracterizó por una persecución y matanza de los fugitivos castellanos a manos de soldados portugueses y, sobre todo, de la población civil de los alrededores. Este episodio, documentado en crónicas contemporáneas y confirmado por la historiografía moderna, ilustra tanto la intensidad del conflicto interpeninsular como el papel de la violencia popular en la consolidación de la independencia portuguesa. Decir que la violencia popular fue un factor de la independencia portuguesa es una valoración discutible que prefiero descartar en principio, pero que fue una violencia desbocada y permitida por quienes deberían de haberla atajado es obvio. En un comentario a este artículo la comparaban con la de los cristianos sobre el invasor africano en las batallas de las Navas de Tolosa y el Salado. La comparación es improcedente. En primer lugar porque en esos casos se trataba de una guerra existencial, en la otra de una guerra dinástica como tantas que hubo. En segundo lugar porque también Portugal participó en las batallas de las Navas de Tolosa y el Salado. Sobre la matanza de fugitivos: La mayor parte de las bajas castellanas no se produjo en el combate frontal, sino durante la huida nocturna y en los días siguientes. Los soldados portugueses persiguieron a los dispersos hasta el anochecer. Más significativo aún fue el protagonismo de la población civil: campesinos y vecinos de las localidades cercanas acosaron y mataron a miles de fugitivos desarmados o desorganizados que intentaban alcanzar la frontera o refugiarse en aldeas. Después de este párrafo con generalidades hay otro con cifras concretas (Fundacao Aljubarrota): Las estimaciones de las fuentes y de la historiografía moderna varían, pero convergen en cifras elevadas. En el campo de batalla se contabilizan alrededor de 4.000 muertos castellanos (además de unos 5.000 prisioneros). En los días posteriores, la población portuguesa habría dado muerte a más de 5.000 hombres de armas en fuga. Algunas crónicas y análisis posteriores elevan el total de bajas castellanas (muertos en combate y persecución) a cerca de 7.500-10.000, incluyendo un número significativo de nobles… Y para acabar, la historia de la “Panadera de Aljubarrota”: Según la tradición, esta mujer, descrita como de gran fuerza y con seis dedos en cada mano, encontró a varios soldados castellanos (el número oscila entre siete y más según las versiones) escondidos en el horno de su panadería, a varios kilómetros del campo de batalla, y los mató a golpes con la pala del pan. Aunque el relato individual es legendario, refleja un hecho histórico: la participación activa y violenta de la población local en la eliminación de los fugitivos. Conocí esta historia por un amigo portugués, que lamentaba que le hubieran puesto de niño esta historia truculenta como ejemplo de patriotismo. En los comentarios al artículo sobre la peregrinación, nos decían: “quisiera creer que la leyenda de la panadera de Aljubarrota es cierta”. Que una marimacho portuguesa pueda acabar con seis soldados españoles, aún desarmados, me parece poco verosímil. El artículo incluye otra infamia del bando portugués: Durante la propia batalla se produjo otro acto de violencia sistemática: al necesitar todas las tropas en el frente, Juan I de Portugal ordenó la ejecución de los prisioneros franceses capturados en la primera fase, por falta de hombres para custodiarlos. Este episodio, documentado en las fuentes, muestra la dureza de las prácticas bélicas medievales cuando la supervivencia inmediata primaba sobre las convenciones caballerescas. La última frase es otra valoración discutible. La guerra sin cuartel es propia de la modernidad y de las democracias, no de príncipes cristianos. En conclusión, mantengo la valoración indicada en el artículo sobre la peregrinación: No hay nada edificante en ninguna de las tres principales historias del nacionalismo portugués antiespañol. Anterior{/gspeech}

Procedemos a numerar secuencialmente los artículos, para facilitar el seguimiento. Como se ha publicado una introducción y la primera parte del primer capítulo, este es el tercer artículo de la serie, que resume la segunda parte del capítulo primero, El surgimiento de Portugal.

Los capítulos del libro de Payne se organizan bajo algunos epígrafes. En el primero de estos epígrafes, La sociedad medieval portuguesa, encontramos algunos asuntos interesantes. Payne había indicado algo antes que la sociedad portuguesa era señorial pero no feudal, siguiendo el modelo de León y de Castilla. Añade que no poseía minorías musulmanas considerables, salvo algunos grupos en el Alentejo y el Algarve. En particular, indica que Portugal siguió el modelo de expansión fronteriza de León -se puede añadir y de Castilla-: repoblación mediante pueblos de campesinos libres, en vez del modelo feudal típico de Galicia. El resultado (p. 17):

Hacia mediados del siglo XIII, Portugal se había convertido en la primera nación-estado de Europa.

Interesante resulta saber que había solamente media docena de familias nobles poderosas y además emparentadas con la dinastía reinante. Los nobles recibían una asignación del rey que estaba entre el 30 y el 50 % de los ingresos de la corona. Es decir, que Portugal nace “absolutista” queriendo decir con ello que el poder está concentrado en el rey y la aristocracia come de su mano, según la caracterización de Perry Anderson en El Estado Absolutista. Por lo demás, lo del “absolutismo” es un intento de descalificación del régimen tradicional cristiano por la Revolución, que fue absolutamente absolutista ella misma.

Hay varias referencias a instituciones de la época como los cavaleiros vilaos (caballeros villanos, hidalgos), encomiendas, aparceros, foros, concejos. Las mismas que en León y en Castilla.

Bajo el epígrafe de El catolicismo portugués, encontramos que, como el del resto de España, era firme, ortodoxo y especialmente militante contra el islam. Nada distinto del español, pero (p. 21):

La Iglesia había alcanzado mayor influencia política en Portugal que en Castilla debido al apoyo eclesiástico que se necesitaba para asegurar la independencia portuguesa, y debido al vasallaje tributario de la Corona al Papado… en el s. XIII sus ingresos eran mayores que los de la Corona.

Ya lo comentamos antes… La corona realizó distintas investigaciones sobre la propiedad de eclesiástica para tratar de limitarla, hasta que se alcanzó un compromiso o concordia en 1290.

Bajo el epígrafe de Actividad marítima y comercial se nos indica que hubo mercaderes portugueses en Francia y Flandes desde antes ya de la independencia y que Portugal estaba en una posición estratégica: en el camino entre el Mediterráneo y Flandes. Sin embargo, hasta el siglo XV no tendría lugar el desarrollo que llevaría a Portugal a la primera posición de la Cristiandad, como se verá.

El epígrafe sobre La monarquía del siglo XIV presenta el fin de la dinastía borgoñona (el padre de Alfonso I, casado con la princesa castellana, era borgoñón), la batalla del Aljubarota y el comienzo de la nueva dinastía: la casa de Avís (p. 25):

El largo reinado de Alfonso IV (1325-1357) entrañó disputas y guerras con Castilla, lo cual no fue óbice para la aparición de un gran ejército portugués junto a los castellanos en la batalla del Salado (1340) en la que fue decisivamente vencida la última invasión desde Marruecos. El hecho más conocido de Alfonso IV fue la ejecución de Inés de Castro, amante castellana del heredero real Pedro, por mezclar al trono portugués en los conflictos internos de Castilla.

Podemos decir que el rey agradeció con su participación en la batalla del Salado que el resto de España le hubiera estado cubriendo el flanco. La historia de Inés de Castro es muy literaria por supuesto. Y sigue:

El último rey de la dinastía borgoñona, don Fernando (1367-1383), fue el más fracasado e impopular; un gobernante cuya personalidad, política y reinado fueron contradictorios. (…) su política exterior fue desastrosa. Su gobierno se alió con la facción anglo-aragonesa contra Castilla en la fase contemporánea de la Guerra de los Cien Años, y sus ejércitos fueron vencidos en tres oportunidades, con lo que se vio obligado a firmar tres tratados del paz desfavorables sucesivamente. Se perdió una gran parte de la flota portuguesa (…). Cuando murió en 1383, los poblados y parte de la aristocracia bullían de descontento.

Y aquí tenemos el siguiente epígrafe, de gran interés: La crisis de sucesión de 1383-1385 (p. 26):

Fernando no dejó herederos varones y su única hija, Beatriz, estaba casada con Juan I de Castilla, con la promesa de que su vástago heredaría la Corona portuguesa, lo cual introduciría el peligro de la dominación castellana. Hasta que esta condición no se cumpliera, empero, la Corona portuguesa quedaría bajo la regencia de la viuda de Fernando, la odiada Leonor Téllez. El gobierno de la regente y de su nuevo amante gallego era particularmente detestado por la gente de los pueblos y por parte de la baja nobleza. El principal rival de la regente era un bastardo de Pedro I, Don Juan, Gran Maestro de la Orden de Avís (sección portuguesa de los Caballeros de Calatrava). Una revuelta de Avís expulsó a Leonor Téllez de Lisboa, pero se le enfrentó inmediatamente una fuerza invasora de Castilla.

El resultado fue una guerra tanto civil como internacional entre los rebeldes portugueses y la Corona de Castilla. En general, el sur y el oeste lucharon bajo el estandarte de Avis. Las zonas costeras y urbanas, en particular, se opusieron al rey de Castilla, pues temían la imposición de un gobierno de estilo castellano que favorecía a las áreas rurales y a la aristocracia. Por otra parte, el norte y el este, más tradicionales y aristocráticos, se aliaron a Juan I. Entre 1383 y 1384, las fuerzas de Avis se mantuvieron a la defensiva, pero se las ingeniaron para avanzar rápidamente hacia el área central de alrededor de Lisboa, y a principios de 1385 las Cortes portuguesas reunidas en Coimbra reconocieron oficialmente como rey a Don Juan. La lucha alcanzó su clímax en el verano de 1385, cuando las fuerzas castellanas se habían debilitado por la larga campaña. La batalla de Aljubarrota, al norte de Lisboa, culminó en una derrota decisiva para la Corona castellana cuando la caballería de Juan I fracaso en penetrar las filas, numéricamente inferiores, de la infantería, los ballesteros y los arqueros ingleses, capitaneados por Nuño Alvares Pereira, el brillante jefe militar de Juan de Portugal.

La primera alianza de Portugal con Inglaterra se había firmado con Fernando, y fue ratificada en un tratado formal de 1386, trayéndose al país un ejército de aproximadamente 5 000 ingleses. Juan de Gante, tío del inglés Ricardo II, se había casado con la hija del anterior rey de Castilla, Pedro I el Cruel, y estableció su propia reclamación sobre el trono de Castilla en oposición a la mueva dinastía Trastámara.

Tres reflexiones. Primera, la tozudez del pueblo bajo de Portugal en mantener su separación del resto de España. Segunda, el hecho de que Aljubarrota fue algo más que un enfrentamiento Portugal y Castilla, sino que incluyó una división en el país y la participación de otras naciones europeas. Y tercero, la puerta abierta por nuestros hermanos portugueses a la Pérfida Albión, con la que iría de la mano abiertamente desde mediados del XVII hasta final del XIX y discretamente después en el sigilo de las logias. Pero en esto último nada podemos reprocharles porque lo mismo hicieron nuestros políticos y espadones liberales en el s. XIX. Y siguen en ello.

El último epígrafe del primer capítulo se dedica a Juan I (1384-1433), primer rey de la nueva dinastía de Avís. Es un reinado del que no hay nada destacable, pero durante el que se crearon las bases para la expansión del siglo XV. Consolidó las instituciones del reino y continuó gran parte de las medidas positivas de sus predecesores. Sigue la centralización del poder, frente a los magnates, se apoya en “la clase media” y la pequeña y baja aristocracia.

Y aquí acaba el capítulo primero, pero no vamos a pasar por alto la infamia de la masacre de los castellanos derrotados tras Aljubarrota, que Payne pasa por alto. Esta es la respuesta de Grok cuando le pido un “artículo académico” sobre la misma. Empieza con una introducción para la que toma como fuente la Wikipedia:

La batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385 en la meseta de São Jorge (cerca de la actual Batalha, Portugal), constituyó el episodio decisivo de la crisis dinástica portuguesa de 1383-1385. En ella, las fuerzas del maestre de Avis, Juan I de Portugal, bajo el mando táctico del condestable Nuno Álvares Pereira y con el apoyo de arqueros ingleses, infligieron una derrota aplastante al ejército de Juan I de Castilla. Más allá del combate propiamente dicho, el desenlace se caracterizó por una persecución y matanza de los fugitivos castellanos a manos de soldados portugueses y, sobre todo, de la población civil de los alrededores. Este episodio, documentado en crónicas contemporáneas y confirmado por la historiografía moderna, ilustra tanto la intensidad del conflicto interpeninsular como el papel de la violencia popular en la consolidación de la independencia portuguesa.

Decir que la violencia popular fue un factor de la independencia portuguesa es una valoración discutible que prefiero descartar en principio, pero que fue una violencia desbocada y permitida por quienes deberían de haberla atajado es obvio. En un comentario a este artículo la comparaban con la de los cristianos sobre el invasor africano en las batallas de las Navas de Tolosa y el Salado. La comparación es improcedente. En primer lugar porque en esos casos se trataba de una guerra existencial, en la otra de una guerra dinástica como tantas que hubo. En segundo lugar porque también Portugal participó en las batallas de las Navas de Tolosa y el Salado.

Sobre la matanza de fugitivos:

La mayor parte de las bajas castellanas no se produjo en el combate frontal, sino durante la huida nocturna y en los días siguientes. Los soldados portugueses persiguieron a los dispersos hasta el anochecer. Más significativo aún fue el protagonismo de la población civil: campesinos y vecinos de las localidades cercanas acosaron y mataron a miles de fugitivos desarmados o desorganizados que intentaban alcanzar la frontera o refugiarse en aldeas.

Después de este párrafo con generalidades hay otro con cifras concretas (Fundacao Aljubarrota):

Las estimaciones de las fuentes y de la historiografía moderna varían, pero convergen en cifras elevadas. En el campo de batalla se contabilizan alrededor de 4.000 muertos castellanos (además de unos 5.000 prisioneros). En los días posteriores, la población portuguesa habría dado muerte a más de 5.000 hombres de armas en fuga. Algunas crónicas y análisis posteriores elevan el total de bajas castellanas (muertos en combate y persecución) a cerca de 7.500-10.000, incluyendo un número significativo de nobles…

Y para acabar, la historia de la “Panadera de Aljubarrota”:

Según la tradición, esta mujer, descrita como de gran fuerza y con seis dedos en cada mano, encontró a varios soldados castellanos (el número oscila entre siete y más según las versiones) escondidos en el horno de su panadería, a varios kilómetros del campo de batalla, y los mató a golpes con la pala del pan. Aunque el relato individual es legendario, refleja un hecho histórico: la participación activa y violenta de la población local en la eliminación de los fugitivos.

Conocí esta historia por un amigo portugués, que lamentaba que le hubieran puesto de niño esta historia truculenta como ejemplo de patriotismo. En los comentarios al artículo sobre la peregrinación, nos decían: “quisiera creer que la leyenda de la panadera de Aljubarrota es cierta”. Que una marimacho portuguesa pueda acabar con seis soldados españoles, aún desarmados, me parece poco verosímil.

El artículo incluye otra infamia del bando portugués:

Durante la propia batalla se produjo otro acto de violencia sistemática: al necesitar todas las tropas en el frente, Juan I de Portugal ordenó la ejecución de los prisioneros franceses capturados en la primera fase, por falta de hombres para custodiarlos. Este episodio, documentado en las fuentes, muestra la dureza de las prácticas bélicas medievales cuando la supervivencia inmediata primaba sobre las convenciones caballerescas.

La última frase es otra valoración discutible. La guerra sin cuartel es propia de la modernidad y de las democracias, no de príncipes cristianos.

En conclusión, mantengo la valoración indicada en el artículo sobre la peregrinación: No hay nada edificante en ninguna de las tres principales historias del nacionalismo portugués antiespañol.

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Una respuesta a «Breve Historia de Portugal, de Stanley Payne – La celebración popular de la masacre de castellanos derrotados en Aljubarrota (3)»

  1. El portugués no solo ha sido sometido por el marrano, sino que lo ha envilecido y convertido en esclavo fiel. El marrano que nos metió al sarraceno a los dos, se quedó con Portugal; pero le falló con España. Aunque al final de ahí vino el germen del desastre con la efímera unión que solo tuvo por objeto infiltrar en la corte española a la peor ralea marrana. Y a partir de ahí vino la decadencia material y moral de España y del mundo. A falta de mejor destino, acatan sumisos la granja comunistoide desde el punto de vista del esclavo y esperando tiempos aún peores, a medida de que los amos vayan haciendo tabla rasa; incluso con sus fieles gentiles.

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